Felipe González, aventuras y desventuras de un jarrón chino
Felipe González comprendió muy pronto que no se podía hacer política siendo un bobo idealista. Un buen político es un comediante, alguien que representa un papel. Por eso, en los 60 se apuntó a la pana, el pelo moderadamente largo, los vaqueros de campana y la canción-protesta. Aprendió a cerrar el puño, lanzar arengas y argumentar como un leguleyo curtido en mil batallas judiciales. Se tomó ciertas molestias que consideró ineludibles: participar en manifestaciones ilegales, conocer las dependencias policiales en calidad de detenido, escuchar resignadamente a Mercedes Sousa, hojear ostentosamente El Capital y leer con aparente arrobo a Julio Cortázar. Nunca le gustó Rayuela, pero entendió que un estudiante de Derecho antifranquista debía pasearse con una novela experimental debajo del brazo y no ser descubierto con su lectura favorita: Los complots del gran visir Iznogud. Iznogud era su personaje de ficción favorito y su inequívoco modelo. Aunque González no habla inglés, le agradaba saber que el nombre de Iznogud había surgido de un juego de palabras: “He’s no good”. Aún no había descubierto a Nicolás Maquiavelo, el diplomático florentino que iluminaría sus largas noches como Presidente del Gobierno. En cambio, Iznogud le parecía insuperable, con sus alfombras voladoras, sus genios embotellados y sus brebajes mágicos. “Ser califa en lugar del califa” era un bonito sueño, pero se conformaba con ser visir y mandar en la sombra.
Sus ilusiones comenzaron a materializarse cuando se convirtió en Isidoro y escaló hasta el Comité Ejecutivo del PSOE. Era un paso importante, pero insuficiente. El famoso congreso de Suresnes en 1974 sería su 18 de Brumario. Escoltado por el general José Faura, agente del SECED, el servicio de inteligencia creado por el almirante Carrero Blanco, logró desbancar a la vieja guardia, acusando a las generaciones precedentes de ser estalinistas y conspirar contra la civilización occidental. Su pretensión era reinventar el PSOE, extirpando cualquier tendencia utópica y revolucionaria, pero sin despilfarrar las palabras mágicas “socialista” y “obrero”, excelentes cebos para los incautos. Felipe González entendía que aceptar el apoyo del SECED no constituía una traición ni un signo de oportunismo, sino un gesto de madurez y pragmatismo, que serviría de inspiración en el futuro. En 1994, Faura sería recompensado con el cargo de Jefe del Estado Mayor del Ejército en 1994. Por supuesto, no hay ninguna relación entre su nombramiento y el golpe de mano de Suresnes. Simplemente, las distintas etapas de la historia se comunican como los canales de una red de alcantarillado. Algunos se obstinaban en no comprenderlo, pero Felipe González ya lo tenía muy claro en 1979, cuando dejó una frase para la posteridad: “Marxismo o yo”. El tiempo demostraría que “marxismo o yo” significaba sí a la OTAN, sí al encarcelamiento de insumisos, sí a la precariedad laboral, sí a los contratos basura, sí a la reconversión industrial, sí a la guerra contra Irak, sí a la corrupción, sí a la cal viva.
“Marxismo o yo” significaba también renunciar a las veleidades republicanas. Felipe González era más inteligente que Iznogud. Por eso dejó al califa ser califa y no fantaseó con coronarse emperador. Se contentó con pequeños gestos simbólicos, como realizar una excursión de pesca con el Azor, el yate preferido de Francisco Franco. Sólo fue una pequeña debilidad, que no puede empañar su profunda comprensión de los asuntos de Estado. De hecho, su gran capacidad política se puso de manifiesto en su premura por halagar y mimar al califa con automóviles de lujo, motocicletas de gran cilindrada, aviones, helicópteros, barcos y un auténtico harén, con actrices, cupletistas, vedettes y strippers. Por supuesto, todo a cargo de los Presupuestos Generales del Estado.
González reclutó para su guardia pretoriana a políticos tan pragmáticos como él: Barrionuevo, un carlista con la piel estragada por la viruela y aficionado a resolver los problemas enterrándolos dos metros bajo tierra; Solchaga, arquitecto de la cultura del pelotazo; Miguel Boyer, amante de las villas ostentosas e implacable cruzado contra la clase obrera. Cuando Iñaki Gabilondo le preguntó en una famosa entrevista televisiva si sabía algo sobre los GAL, González contestó con una frase de Maquiavelo: “Yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla”.
Felipe González perdió su puesto de visir en 1996, reemplazado por José María Aznar, un verdadero prócer, que ejerció un hiperliderazgo de tintes sobrenaturales. ¿Qué ha sucedido en estos años con Felipe González?¿En qué se ha convertido? Increíblemente, en un “jarrón chino”: “Soy como un jarrón chino en un apartamento chiquito. Como se supone que es valioso, nadie se atreve a romperlo, pero estorba en todas partes”. Pobre jarrón chino, que acumula ganancias millonarias como asesor de magnates, políticos y empresarios. Felipe González, que se define como “un cristiano con minusvalías”, considera que la solución de todos los males consistiría en imitar a los Estados Unidos, donde puedes morir por carecer de seguro médico, pero disfrutando hasta el último estertor de una reconfortante libertad. Felipe González sigue fumando puros superlativos y cuidando bonsáis, pero sobre todo no ha dejado de leer las historias de Iznogud, cuyas intrigas le parecen una obra maestra de la realpolitik.

Texto de Rafael_Narbona
@Rafael_Narbona
